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Textos en libertad

  • Published in Cultura
  • Venecia, 1600 años después
  • Por José Antonio Aspiros Villagómez

 A la memoria del colega y amigo Guillermo Rodríguez Gallegos, otra víctima del Covid19. Descanse en paz 

 

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El encierro por la pandemia nos ha obligado a estar en contacto con el mundo por los medios digitales, y fue así como recibimos un video según el cual, la ciudad de Venecia -ese bello lugar de puentes y canales con vista al mar Adriático- fue fundada hace 1600 años, el 25 de marzo de 421 d.C.

Los gratísimos recuerdos que guardamos de nuestra visita a Venecia en 2005, nos motivaron a consultar más datos históricos y por lo pronto Wikipedia dice que la fundación fue en el año citado, pero el 15 de octubre.

Así que revisamos otras fuentes a la mano: el libro Los tesoros de Venecia (Antonio Manno, Editorial Océano, 2006) sólo menciona que “la mítica fundación data del año 421”, mientras que Arte y vida en la Venecia del Renacimiento (Patricia Fortini Brown, Ediciones Akal, 2008) ofrece mayor precisión.

Dice que, según una leyenda, “la fundación oficial de la ciudad había tenido lugar en la festividad de la Anunciación de 421 d.C. cuando se puso la primera piedra de la iglesia de Rialto”.

Así que el dato del 25 de marzo es correcto según la fecha que menciona enciclopedia católica online ECWiki, aunque también se refiere a muchas otras para la misma celebración en distintos tiempos y lugares.

Para el gran público puede ser irrelevante la fecha precisa; lo cierto es que en 2021 se cumplen 1600 años de que Venecia comenzó a convertirse en la espléndida ciudad que ha inspirado novelas y películas y es sede de festivales, y que es famosa por su carnaval con elegantes disfraces, por sus góndolas que pasean a los turistas y también por sus inundaciones todos los años.

Venecia está llena de espléndidos palacios levantados sobre pilotes de madera, a la orilla de canales que separan las 118 islas que forman su territorio y se comunican a través de 455 puentes, el más famoso de los cuales tal vez sea el de Rialto.

La tragedia de Venecia es, sin embargo, el turismo de masas, que volvió imposible la vida para sus habitantes; muchos han emigrado y sus casas son ahora para hospedaje, o sobreviven en sus negocios y talleres de restauración de antigüedades o de artesanías finas tradicionales (donde compramos copas y collares de cristal de Murano), mientras los visitantes -más de 20 millones al año- contratan paseos en góndola --con su “fúnebre color negro”, como escribió José Saramago en su novela El viaje del elefante (Alfaguara, 2009)-- y compran en las calles y a precios baratos, pequeñas máscaras de carnaval y otros “souvenirs” hechos en China.

Los viajeros llegan por mar directamente al corazón de la ciudad: la Plaza de San Marcos, en cuya basílica están los restos del evangelista que llevó ese nombre y que por razones que la historia nos explica desplazó como patrono de Venecia a san Teodoro. Está el esplendoroso Palacio Ducal convertido en museo, y su puente “de los suspiros” en el canal contiguo (y que ilustra la portada de la edición del FCE de Karpus Mithej, de Jordi García Bergua), hay cafés exclusivos donde el consumo es un lujo (y lo constatamos), y la multitud de problemáticas palomas que no faltan en sitios semejantes.

Varias veces al año suben las mareas -ellos le llaman ‘acqua alta’- y han provocado inundaciones hasta de metro y medio de altura (casi dos metros en 1966 y 2019), y aun así hay turistas que disfrutan al pasear dentro del agua. Los daños materiales y patrimoniales siempre son millonarios, y apenas en 2020 comenzó a operar -no con éxito total porque el agua subió casi medio metro- una protección consistente en diques móviles o compuertas, que se retrasó por más de tres lustros debido a situaciones de corrupción y encarecimiento del proyecto.

Según dice Rafael Pérez Gay en su libro Nos acompañan los muertos (Editorial Planeta, México, 2009), “la Ciudad de México y Venecia tienen algo en común, las dos se hunden poco a poco y sin remedio, su don providencial se volvió una maldición: el agua”.

Un par de años después de nuestra visita, fue habilitado en San Marcos y cercanías un equipo femenino de vigilantes para evitar que los turistas consuman alimentos al aire libre --hay otros sitios para hacerlo-- o anden con el torso desnudo como si se tratara de una playa. Han sido impuestas multas a los que no respetan ese lugar, declarado por la Unesco patrimonio de la humanidad.

Es sabido que el emperador Napoleón llamó a Venecia “el salón más hermoso de Europa”, y que ese sitio se distingue porque en un tiempo dominó política y económicamente toda la zona del Adriático. Luego vinieron una crisis y un renacimiento, este sobre todo de tipo cultural. En el siglo XVI, por ejemplo, Tintoretto, Tiziano, Veronés y otros pintores, hicieron allí muchos de sus cuadros más importantes.

}Allí tuvieron sus aventuras amorosas el veneciano Giacomo Casanova y el inglés Lord Byron; Mozart fue un visitante famoso de la tierra que vio nacer a Vivaldi y Canaletto, y el humanista Erasmo de Rotterdam trabajó a principios del siglo XVI en la imprenta del editor Aldus Manutius.

En fin, los cuatro caballos que exhibió en su terraza la basílica de San Marcos, y que ahora son réplicas para proteger los originales, fueron producto del saqueo veneciano de Constantinopla en el siglo XIII, y luego se los llevó Napoleón a Francia, pero tras su derrota fueron devueltos. Uno de esos caballos fue exhibido en México hace décadas y fuimos a verlo.

Poco se sabe que en Chipilo, Puebla (lugar que conocimos durante la campaña electoral de Luis Echeverría), hay personas que hablan el idioma véneto de los antiguos venecianos, pero sí es fácil encontrar el dato que nos motivó inicialmente a compartir este somero relato: que hace 1600 años fueron unos peninsulares que huían de la invasión bárbara, quienes prefirieron vivir en el fango de agua salada de aquellas islas, antes que renunciar a su libertad. A ellos les debemos el nacimiento de una de las ciudades más bellas del mundo.